De durada de lactancia y dejar en paz a las madres (reflexiones… referenciadas por una psicóloga y asesora de lactancia)


Me había planteado escribir un artículo hipercientífico sobre el tema (ya famoso, y del cual con mucha honestidad me he un poco cansado) pero, ojeando la pila de libros, temas, artículos que desde ya hace trece años voy leyendo y comentando entre dos países (primero Italia, ahora España), me he decantado por poner un poco de “tripa”. Eso sí, ¡referenciada! Porque yo creo que en temas de medicina y psicología se precisa cierto rigor, en vez de expresar “opiniones personales” (ya que, para dar éstas, no hace falta estudiar tantos años).

Quiero decir que hablo de la “madre” y no del “padre” por dos razones. Primero, hablo de madre en cuanto “figura de apego” principal (incluyendo situaciones donde el cuidador principal no es una mujer o no es la madre biológica). Segundo, en nuestra sociedad es la madre que lleva la mayor parte del trabajo referido al niño, que tiene que lidiar con médicos, colegios, etc., y además nuestra sociedad patriarcal es hipercrítica con las madres, pero muy benévola hacia los padres (=la madre siempre falla, el padre siempre hace esfuerzos loables). Y por supuesto, sólo una mujer puede amamantar.

Empecé mi trayectoria en el ámbito del apoyo a la lactancia por una serie de casualidades. Cuando estaba embarazada de mi primera hija, fui a visitar a una querida colega trabajadora social y madre, Paola, la primera que me habló de la existencia de La Leche League International. Tenía todas mis fantasías sobre el tema maternidad y, por supuesto, lactancia, en gran parte derivadas de lecturas de revistas. Es cierto que el Homo sapiens pertenece a la especie mamífera, no porque lo dice Michel Odent (2011), sino porque lo dicen los biólogos, y los mamíferos amamantan. Pero…. La gran mayoría de nuestras madres no amamantaron.  Es curioso y educativo hacer pequeños “surveys” domésticos cuando estamos reunidas muchas personas nacidas en esos años: a lo mejor sobre veinte de nosotros, diecinueve ni fueron amamantados y uno fue amamantado sólo tres meses. Es también interesante investigar sobre las causas de esta pandemia… respecto a nuestras abuelas, por ejemplo. Yo, como la gran mayoría de las chicas de mi edad, crecí pensando que el recién nacido toma biberones “por naturaleza” (de hecho, todas las muñecas se venden con biberón añadido, además de chupete…. Como si éste fuera el “kit de nacimiento” dado por sentado).

De toda manera, mi amiga me preguntó si me planteaba amamantar y mi respuesta fue: “Por supuesto, pero sólo unos meses, porque no me gusta la idea de amamantar un año o más”. Respuesta de mi amiga: “Te sugiero que tomes esta decisión sobre la marcha y no a priori: sólo cuando te encontrarás en la experiencia podrás realmente saber qué quieres hacer”.

Después de varios años, en una reunión de La Leche League en Lucca, otra querida amiga Monitora de esta asociación (Francesca) me preguntó si por si acaso me quería animar a hacerme Monitora, porque al fin y al cabo la Monitora de la Liga es una madre voluntaria, no tiene que ser una profesional o una científica. Su misión es la de ayudar a las madres que tienen dificultades en la lactancia y piden ayuda. Eso sí, debe tener capacidades de comunicación y ser capaz de aceptar las elecciones de las madres, de cualquier tipo sean (aunque sean no amamantar) y no juzgarlas. Entonces me animé y de la Liga no he salido jamás.

Después de tantos años hemos avanzado mucho como sociedad, ahora la lactancia está “de moda” y hasta ha acabado siendo un elemento de negocio. Los hospitales quieren acreditarse de “amigos de la lactancia” y se venden por todas partes cursos de formación, seminarios, simposios. Tanta oferta formativa y científica y todavía tanta falta de sabiduría tanto técnica como emocional en relación al tema lactancia no deja de estremecerme. Me suena un poco a la cuestión de los idiomas extranjeros. Tenemos que saber idiomas, entonces gastamos años de nuestra vida en hacer cursos, nos quedamos horas en academias, con cascos y ordenador. Seguimos no sabiendo idiomas, porque no nos pasó por la cabeza que la única manera de aprender un idioma es desplazarse unos meses a vivir en el extranjero sin, posiblemente, pasarnos el día con nuestros conterráneos expatriados.

En la lactancia pasa igual.

Hasta el 2010 trabajé de asistente social en un ayuntamiento italiano, en el sector tutela de la infancia. Trabajaba sola porque, desde ya hace algunos años, los psicólogos y psiquiatras habían decidido retirarse en la fortaleza hospitalaria y pasar consulta, mientras que los trabajadores sociales nos quedamos solos en el “territorio”. El modelo de la integración socio-sanitaria, bajo el cual nos habían formado en la Universidad, había fracasado míseramente. Según algún colega, nunca había existido realmente, si no en unas dos o tres realidades nacionales aisladas por cultura y sensibilidad específica de unos cuantos profesionales y primarios. Iba peregrinando por estas consultas hipermedicalizadas pidiendo asesoramiento para los casos que llevaba y, muy a menudo, iba llamada por los psicólogos y psiquiatras infantiles que me iban a pedir apoyo (básicamente, lo que hubieran querido era que yo tuviera la varita mágica y que activara “intervenciones BBB”… Buenas, Bonitas y Baratas). En alguna de estas bastante estériles sesiones de equipo (llamémoslas así) salía a colación el tema lactancia. Porque según la psicóloga, suma exponente del saber, esa madre era débil, porque fíjate, amamantaba a la niña de quince meses… y madre mía, qué disparate, esta otra era una madre confundida en su rol, porque dormía con el niño de dos años… y así siguiendo. (Yo también  debía de estar muy confundida, porque en efecto amamantaba a mi hija de tres años y había dormido con ella hasta los dos, pero algo, en estas psicólogas, no acababa de cuajarme).

Fue allí que me surgió la necesidad de apuntarme a Psicología. Primero porque, para decirlo todo, siempre me había hecho ilusión, pero a los veinte años pensaba no poder plantearme el itinerario italiano que era: cinco años de licenciatura más un año de prácticas post-licenciatura a jornada completa más el examen de habilitación más cuatro años de escuela de especialización en psicoterapia (sin la cual – decían – no se podía, de hecho, trabajar). Segundo, porque hacía de trabajadora social pero me tenía que apañar sola, porque los psicólogos no tenían tiempo para colaborar y porque decían que si el paciente no tenía “insight” ellos no podían hacer nada con él (y los casos sociales no son famosos por tener grandes “insights”). Teniendo que gestionar casos de maltrato, abuso sexual, abandono, adopción, acogidas familiares y hasta psicopatología familiar, pensé que me hacían falta herramientas que Psicología podía darme y Trabajo Social no. (Ahora que soy psicóloga, digo que no, que creo que Trabajo Social me había dado las herramientas de manera hasta abundante respecto a Psicología… Lo único es que para ejercer bien esa profesión se precisa tener un trabajo bien hecho de psicoterapia personal y en la Universidad nos lo tendrían que decir).

Es curioso que se reivindica la cientificidad absoluta para todo… pero no para la lactancia, donde cualquiera puede dar su “opinión personal”. Entonces, como defensa, se tienen que llevar a cabo estudios rebuscados para demostrar que la leche materna es “mejor” que la leche artificial… Si a nivel filogenético los mamíferos producen leche, por alguna cosa será…. ¿o no? Es curioso cómo se dispensan consejos y juicios por todas partes (pediatras, médicos, psicólogos, enfermeros, comadronas, abuelas, vecinas….) y parece que a nadie venga a la cabeza preguntar a la madre qué quiere hacer, sentarse con ella y escucharla. Y si no, simplemente callar y observarla, observar a ella y observar a su cría, ver cómo hacen, a qué tienden (Bick, 1964) y, a lo mejor, volver a hacer lo mismo después de unos años, para valorar cómo ha evolucionado la relación de esta madre con este niño, del niño con el padre, con otros hermanos, etc.

Los años pasan, la madre más o menos se apaña, supera problemas, los niños crecen…. Cada vez alguien le ha más o menos amargado la vida para después retirarse en la sombra y no pedirle nunca jamás cómo se siente y si le apetecería contar cómo le fue al final, a ver si a lo mejor alguna otra madre puede aprender de su experiencia. Se prefiere dispensar consejos iluminados y teóricos, elaborando y re-elaborando teorías complicadas y, muy a menudo, verdaderamente retorcidas.

Los antropólogos (Stuart Macadam y Dettwyler, 1995) descubrieron que, en el mamífero humano, si la madre no interviene para destetar al niño o introducir biberones o chupetes, la lactancia dura una media de tres años y medio, con un mínimo de dos años y medio y un máximo de siete años, más o menos.

Supongo que todos hemos estudiado la curva de Gauss, por lo menos nosotros psicólogos super-científicos y muy sabidos en temas de ciencia. Entonces la media es sólo una media. Sólo quiere decir que el 50 por ciento de la muestra tiene el valor de la media, mientras que el restante 50 por ciento se sitúa por debajo o por arriba, a lo largo de un continuum (si no, no sería una curva… ¡sería una recta!).

Por favor, no digan en seguida que ésta es una posición talibana. Nadie dice que la madre tiene que amamantar  siete años (de toda manera, los niños que siguieran hasta los siete años se situarían en la cola derecha de la curva de Gauss… muy poquitos). La madre puede en cualquier fase de la lactancia introducir elementos que vayan a modificar la frecuencia de las tomas y adelantar el destete definitivo (que sean chupetes, biberones, separaciones, palabras con el niño mayorcito….). Yo sólo quiero decir que la madre que amamanta tres,cuatro o cinco años no es patológica: ¡está en la media mundial!

A lo mejor, si dejáramos en paz a este pobre niño, además de su madre, quizá seguiría su instinto y haría lo que necesita… ¿A nadie se le ha ocurrido?

De toda manera…. ¿Acaso el chupete es imprescindible para el desarrollo físico y afectivo?

El chupete es un substituto del pecho y no digo que la madre no lo pueda usar, si quiere. Sin embargo ¿por qué no dejar en paz a la madre que no quiere usar chupete porque le va bien así? Winnicott (1958, 1971) habla de “objeto transicional”: la famosa “mantita de Linus”, el muñequito, el chupete, muy a menudo un objeto que, si se pierde, es un drama y se tiene que correr a comprar uno igual porque sin ello el niño no duerme o no se consuela. Es el objeto transicional entre la madre y el mundo, es la “madre simbólica”. Los niños que toman pecho y duermen con la madre no tienen objeto transicional. A mí me encanta Winnicott, me enamoré de la clínica psicodinámica cuando estudiaba Trabajo Social y hoy día lo valoro aún más porque en España no se puede hablar de psicoanálisis sin que salgan cruces y ajos por todas partes. Winnicott era psicoanalista y se esforzó para intentar imaginar qué pasa en la cabeza del niño pequeño (esfuerzo loable, ya que hoy día esto no está tanto de moda). Pero Winnicott no consideró que el objeto transicional no es “lo natural”. Hasta los niños que van a guardería y están separados de sus madres a lo largo del día, pero toman pecho y duermen con la madre, por lo menos en la misma habitación durante la primera infancia, no tienen objeto transicional porque no lo necesitan. El muñequito para ellos es sólo un muñequito, gracioso y divertido, pero después de media hora lo tiran de lado y se lo olvidan: para ellos el muñequito no es la madre simbólica, porque se relacionan siempre con la madre real (incluso cuando no está presente).

Lactancia hasta los dos, tres, cuatro, cinco años NO quiere decir que el niño sólo se alimenta de leche materna. La Organización Mundial de la Salud sugiere amamantar de manera integral hasta los seis meses, porque se ha demostrado que antes de esta edad el aparato digestivo del niño no es, por lo general, suficientemente maduro para otro tipo de alimento.  A los seis meses es recomendable empezar a introducir los alimentos, de manera que G R AD U A L M E N T E el niño llegue a comer como un adulto (este proceso se completa más o menos en dos años, no en dos meses como parece que opinen muchos pediatras y también muchas abuelas).  Al año, en principio se puede introducir la mayor parte de los alimentos, incluida la leche vacuna (no hace falta gastarse dinero en leches especiales “de seguimiento” ni yogures “infantiles”, porque de hecho muchos niños amamantados al año de edad se comen hasta la paella y poco se puede hacer a este respecto…). Sin embargo, como para los médicos, los psicólogos y la sociedad en general esta madre y este niño nunca lo hacen bien, hay en efecto unos niños que no comen casi nada hasta los dos años. No deseo a ninguna madre encontrarse en esta situación, porque entonces los tendrá todos en contra (a mí me pasó). “Que no come porque le das teta… claro, si no tuviera la teta comería…. “. Si la madre exhausta desteta a este niño, éste seguramente seguirá no comiendo (después de trece años de contactos con madres tengo una casuística bastante abundante para poderlo afirmar sin que sea “opinión personal”) y lo malo será que tampoco ya tomará leche materna. La cual, a pesar de que se diga que “después del año se vuelve agua”, en realidad sigue siendo no sólo nutritiva como antes (Dewey y Brown, 2003), sino incluso más grasa (por esta razón, después de los primeros meses, las madres no pueden ser donantes de los bancos de leche: su leche sería demasiado pesada para los aparatos digestivos de los bebés prematuros). Otra vez ¿nadie ha pensado que a lo mejor este niño tiene esta evolución, que a lo mejor está en el 5% de la curva de Gauss que comerá alimentos de manera más abundante sólo después de los dos años?

Mandar a memoria esta cita de la American Academy of Pediatrics: “Breastfeeding should be continued for at least the first year of life and beyond for as long as mutually desired by mother and child… There is no upper limit to the duration of breastfeeding and no evidence of psychologic or developmental harm from breastfeeding into the third year of life and longer” (Gartner et al., 2005, pp. 499-500).

Como ya dicho, amamantar de manera complementaria a la comida solida (que el niño se coma el bistec, el pescado, la pasta, etc., a lo mejor la leche vacuna si le gusta…. Y la leche materna que quiera).

Las investigaciones (Cohen et al., 1994) demuestran que, si se deja al niño libre de autorregularse con la lactancia y con los alimentos, irá a asumir todos los nutrientes que le hacen falta. De manera gradual y siempre a nivel estadístico, hasta el año de vida el niño asume un 30% de alimentos sólidos y un 70% de leche; a partir del año, la proporción se invierte, hasta el destete total.

La población de los pigmeos ¡Kung del Kalahari ha sido muy estudiada por los antropólogos por tener pautas de crianza de los niños que chocan de manera exasperada con las que recomiendan los psicólogos y pedagogos occidentales a los padres (Diamond, 2013; Harrell, 1981; Shostak, 1981).

No hay datos que demuestran que entre los ¡Kung (y poblaciones análogas) las tasas de psicopatología infantil se disparan por el hecho que durante años las madres amamantan a demanda y duermen con sus hijos. Y si hay datos, traerlos y modificaremos nuestras opiniones (ésta es ciencia, no son “opiniones personales” ni teorías separadas de las evidencias). En cambio, invitaría a reflexionar sobre cuántos de nuestros occidentalísimos hijos, destetados a menudo muy pronto y de manera brusca, separados de las madres al nacer, puestos en habitaciones separadas de las de los padres a los pocos meses llenan nuestras consultas de psicología por terrores nocturnos, trastornos desafiantes, TDAH y, más tarde, hasta anorexia y bulimia.

En todo esto es preciso subrayar que respetar la decisión de la madre es también respetar su decisión de no amamantar, o de integrar la lactancia con leche artificial, o de amamantar de toda manera hasta cuando ella quiera. Por supuesto, está incluido en el mandamiento sagrado “respetar la decisión de la madre”. Así como “no juzgar” quiere decir no juzgarla nunca, ni si amamanta siete años ni si amamanta una hora, y más si dejó de amamantar porque tuvo dificultades y no recibió apoyo para solucionarlas, o recibió apoyo y, a pesar de esto, no lo consiguió (a veces pasa).

Si se dejaran en paz a las madres, quizá no se sentirían juzgadas ni las que amamantan ni las que no amamantan, ni las que duermen con el niño ni las que no duermen con el niño, si ésta es su elección y ellas creen que es la mejor para su situación.

Tal vez podríamos valorar la posibilidad de dejar en paz a las madres y a los niños y volver un poco, humildemente, a estudiar algo que evidentemente no estaba incluido en los planes de estudio de nuestras facultades universitarias.

 

Bibliografía

Bick, E. (1964). Notes on infant Observation in Psychoanalytic training, Internacional Journal of Psychoanalysis, 45, 558-566.

Cohen, R., et al. (1994). Effects of age of introduction of complementary foods on infant breast milk intake, total energy intake, and growth: a randomized intervention study in Honduras, Lancet, 344, 288-93.

Dewey, K. G., y Brown, K. H. (2003). Update on technical issues concerning complementary feeding of young children in developing countries and implications for intervention programs, Food and Nutrition Bulletin, 24(1), 5-28.

Diamond, J. (2013). El mundo hasta ayer: ¿Qué podemos aprender de las sociedades tradicionales? Barcelona: Debate.

Gartner, L. M., et al. (2005). Breastfeeding and the use of human milk, Pediatrics, 115(2), 496-506.

Gonzalez, C. (2005). Mi niño no me come. Madrid: Temas de Hoy.

Harrell, B. B. (1981). Lactation and Menstruation in Cultural Perspective, American Anthropologist, New Series, 83(4), 796-823.

Mohrbacher, N. (2010). Breastfeeding Answers made simple. Texas: Hale Publishing.

Stuart Macadam, P, y Dettwyler, K. A. (1995). Breastfeeding: Biocultural Perspectives. New Jersey: Transaction Publishers.

Odent, M. (2011). El bebé es un mamífero. Tenerife: OB STARE.

Shostak, M. (1981). Nisa: The Life and Words of a !Kung woman. Cambridge: Harvard University Press.

Winnicott, D. W. (1958). Through Pediatrics to Psycho-Analysis. London: Tavistock Publications.

Winnicott, D. W. (1971). Playing &Reality. London: Tavistock Publications.


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Lactancia materna en niños mayores o "prolongada".
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lactancia y sexualidad: recuperando la relación con nuestra naturaleza

La lactancia es una fase natural del ciclo sexual de la mujer. ¿Qué entendemos por sexualidad?

Si hablamos de sexualidad en sentido amplio, tenemos que incluir la afectividad que pasa por el sentido del tacto, y que va a desarrollar los fenómenos hormonales que sustentan la relación sexual y el vínculo afectivo en general, el parto y la misma lactancia.

Permitiendo que la mujer se reapropie de su naturaleza mamífera y conecte de manera profunda con su sexualidad, va a abrir camino a una lactancia más fluida y satisfactoria

 

En nuestra sociedad, por lo general, hablar de sexualidad en relación con la lactancia nos chirría. Tendemos a considerar la lactancia, y en general el puerperio y la condición de maternidad, como un momento de negación de la sexualidad: una “madre asexuada”, una mujer poco apetecible a nivel sexual.

La psicoanalista argentina Laura Gutman puede darnos una clave de lectura en relación con el concepto de “mujer salvaje”. Hoy se define “salvaje” como atributo peyorativo, “falto de control; en realidad, el individuo salvaje está “conectado con su propia naturaleza”. La criatura salvaje se desarrolla acorde con su integridad innata y saludable.

La mujer, de manera especial, pierde mucho cuando se aleja de su propia naturaleza (Pinkola Estés, 1998). Sin el costado salvaje, la psicología femenina carece de sentido.

Parto y lactancia son las mejores oportunidades para que la mujer se conecte con sus aspectos más naturales y animales. Estamos aterrorizados por nuestros aspectos animales, porque nuestra cultura nos lleva a hacer de todo para que  o filtren en nuestra manera de ser. Por esta razón le dificultamos a la mujer que se conecte con su esencia natural a raíz de parto y lactancia.

En palabras de Laura Gutman (2012), “la lactancia es continuación y desarrollo de nuestros aspectos más terrenales, salvajes, directos, filogenéticos. Para dar de mamar deberíamos pasar casi todo el tiempo desnudas, sin largar a nuestra cría, inmersas en un tiempo fuera del tiempo, sin intelecto ni elaboración de pensamientos”. No necesitamos horarios, reglas, consejos sino contención y confianza para ser nosotras mismas. La insistencia para que la madre se separe del cuerpo del bebé desactiva la animalidad de la lactancia.

Por otra parte, el “alimento” que se transmite mediante la lactancia no es sólo la leche sino también la relación entre los cuerpos. En nuestra sociedad y cultura necesitamos recuperar el “sentido del tacto”, que permite vivir la sexualidad como ámbito mucho más amplio que la genitalidad.

Según el antropólogo Ashley Montagu (2004), no se puede dar una sexualidad fluida sin una conexión profunda a nivel de piel, que va a desencadenar una cascada hormonal oxitocínica sobre la cual se basan los procesos de vinculación, tanto en el enamoramiento como en el posparto. Hay mucha relación entre el impedir el contacto madre-bebé y el fracaso de muchas lactancias. Muchas veces se tiende a culpabilizar a la madre por “no haber hecho lo suficiente” sin considerar que muchas prácticas rutinarias que usamos los profesionales de la salud interfieren con la cascada hormonal oxitocínica y prolactínica que está en la base del desarrollo de un buen parto, una vinculación óptima y una lactancia satisfactoria.

Oxitocina y prolactina son dos hormonas que están íntimamente relacionadas. La oxitocina, la hormona que determina el reflejo de expulsión en el parto, estimula la producción de prolactina. La cascada prolactínica se instaura una vez que se ha desprendido la placenta y permite el inicio de la producción de leche. En los primeros días tras el parto, la lactancia puede estar sustentada hasta sólo por las hormonas: es sólo con la bajada gradual del pico hormonal que la lactancia, para mantenerse, tiene que fundamentarse sobre la estimulación (del niño o del sacaleche o técnica manual de expresión de leche).

Hasta cuando la prolactina se ha estabilizado, el hecho de que la madre no se sienta a gusto y relajada puede bloquear el reflejo oxitocínico de la eyección de la leche: aunque la leche se produzca, no sale con fluidez. El cortisol es el antagonista de la oxitocina y es la hormona que se activa con el estrés.

Parece evidente y probado que la oxitocina, hormona que sustenta la lactancia, es la misma que sustenta el parto y el orgasmo. Los mecanismos musculares del útero y de la mama, estimulados por la secreción de estas hormonas, son sorprendentemente iguales (Rodrigáñez Bustos, 2007).

Negar la animalidad de la mujer en el parto y, por ende, en la lactancia equivale a negar la feminidad misma.

Los pechos se consideran un símbolo sexual, un elemento finalizado al placer masculino; sorprendentemente se niega la experiencia de placer femenino que la mujer experimenta en la lactancia. La prolactina es una hormona tranquilizadora; la oxitocina ha sido definida “la hormona de la calma, del amor y la sanación” (Uvnäs Moberg, 2009).

No podemos negar nuestra animalidad filogenética, en cuanto somos mamíferos (Odent, 2011).

 

Referencias bibliográficas

 

Gutman, L. (2012). La maternidad y el encuentro con la propia sombra. Buenos Aires: Del Nuevo Extremo.

Montagu, A. (2004). El tacto. La importancia de la piel en las relaciones humanas. Barcelona: Paidós Ibérica.

Odent, M. (2011). El bebé es un mamífero. Tenerife: OB STARE.

Pinkola Estés, C. (1998). Mujeres que corren con los lobos. Barcelona: Ediciones B.

Rodrigáñez Busto, C. (2007). Pariremos con placer. Apuntes sobre la recuperación del útero espástico y la energía sexual femenina. Murcia: Crimentales. Disponible en https://produccioneslesbofeministas.files.wordpress.com/2011/10/pariremos-con-placer.pdf, visitada el 9.03.2015.

Uvnäs Moberg, K. (2009). Oxitocina. La hormona de la calma, el amor y la sanación. Barcelona: Obelisco.