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Reparaciones

En estos dos años, casi tres, en los cuales que me he dedicado completamente a la psicoterapia infantil, me ha pasado como pasó a un amigo pediatra: él no se capacitaba de cómo los otros médicos pudieran trabajar con personas que no fueran niños. Contaba que los bebés y niños le enamoraban tanto, que cada día concluía que todo el mundo tendría que hacerse pediatra.

Yo ahora lo entiendo plenamente y lo aplico: precedencia absoluta a los niños, aunque claro, trabajar con un niño requiere trabajar con los padres y a veces las relaciones con las madres acaban siendo mini-psicoterapias ellas mismas, sobre todo cuando esas madres aceptan el apoyo y empiezan a ver cosas y desatascar temas.

 

Es para mí bastante impactante que, de mi promoción, soy prácticamente la única que se dedica completamente a la psicoterapia infantil. Por otra parte, no creo que sea posible dedicarse a los dos ámbitos ni improvisarse terapeuta infantil en un caso o dos; tampoco entiendo los colegas de adultos que dicen que “niños no, adolescentes sí”. El adolescente no se tiene que tratar en terapia como un adulto y necesita una actitud que no es fácil de afinar.

 

Ahora, ahondar e la psicoterapia infantil me lleva a darme de bruces con una realidad muy cruda, que es la de los apegos rotos. Seguramente esto lo veo también con los adultos, pero más enmascarado, más sutil: el niño y adolescente traen en sesión de manera absolutamente transparente la realidad de haber posiblemente tenido interrupciones del vínculo en edad temprana, más o menos graves.

 

Y ahí está la parte más difícil y más bella de la terapéutica infantil y familiar: poder atreverse a reparar y ver los efectos, más o menos sutiles, a veces espectaculares, de este trabajo.

 

He dado vuelta al tema estrella de si tantos niños necesitan psicoterapia y de si tantos adultos también (padres o no) la necesitan. Muy a menudo, incluso en el entorno de los profesionales, hasta los que quieren dedicarse a este oficio, noto mucha reticencia: “tampoco es para tanto”, “yo estoy bien”, “para ir necesito quererlo” (cosa por otra parte verdadera y sagrada).

 

Sin embargo, una provocación la quiero lanzar: ¿tenemos hoy (o hemos tenido en nuestra infancia) vínculos sanos? ¿Nos ayuda la sociedad a criar, vincularnos de manera ininterrumpida y fisiológica con nuestros hijos? ¿Nos ayuda la sociedad, y nos sentimos capaces, a intervenir de manera vincular con nuestros alumnos o niños de la educación de los cuales estamos a cargo?

 

 

Ahí lo dejo, para que esta reflexión sedimente y estimule preguntas (o respuestas).

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