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Un bonito encuentro

Este mes ha entrado en mi vida Joaquím Blix, uno de los colegas y formadores que más ha marcado mi experiencia personal y profesional. Vi una formación sobre terapia de juego que impartía y no creía posible que él, él en persona, viniera a Barcelona (discípulo directo de Violet Oaklander, una grande terapeuta gestalt infantil).

 

El encuentro con Joaquím ha sido uno de los más ricos de este año. Persona absolutamente apasionada de su trabajo con los niños (“Yo no llevo adultos”, repetía cuando alguien le preguntaba alguna cosa más general), de grande experiencia pero sobre todo de grande humanidad.

De él he aprendido la sencillez y, a la vez, la complejidad de la terapia infantil. No hacen falta grandes técnicas, sí hace falta entrar en el mundo del niño y tener fe que sus bloqueos se irán ablandando con el solo vínculo sostenido en el tiempo. Todo lo que él iba desgranando, yo lo había vivido y experimentado con alguno de mis pacientes.

 

Sobre todo lo que me llegó fue su sinceridad cuando habló sobre el trauma. Ha sido gracias a él que he podido entender qué me había pasado hace dos meses cuando, a raíz de una sesión muy dura y de episodios durísimos que le pasaron a un chaval en la semana siguiente, no dormí y no comí durante 15 días.

 

Realmente ningún colega o terapeuta lo había entendido verdaderamente y me había sentido hasta culpada (“Te has implicado demasiado”, “tienes que poner una barrera”). Joaquím es terapeuta sobre todo de casos de abusos y traumas y contó que un buen día tuvo que cerrar consulta y de México venirse a España con su familia, porque entró en un estado de postración y ansiedad del cual no se podía recuperar. Nos habló del trauma vicario, un conjunto de reacciones  fisiológicas a raíz del impacto de los hechos traumáticos de los pacientes en el terapeuta (“Los mejores terapeutas son los más empáticos, y son los que sufren más”, dijo).

Nos enseñó técnicas para poder defendernos (ahora ya sé cómo hacer si me vuelve a pasar algo parecido).

 

Tras esta experiencia (Joaquím ha sido una de mis bendiciones de este año) me sale espontanea una reflexion, y es cuánto los mismos terapeutas nos juzgamos entre nosotros si “hacemos algo mal”, incluso cuando “algo mal” no es una acción sino una reacción fisiológica que no se puede impedir, a no ser que nos hayan ensenado estrategias, o que seamos robots o quizás personas frías y carentes de empatia hacia el dolor de los demás.

 

Un poco lo que pasa cuando juzgamos a las mujeres víctimas de violencia sexual diciendo que “se lo buscó” (aunque luego me dicen que no tiene nada que ver).

 

Y si no somos empáticos entre nosotros ¿cómo podemos serlo con los pacientes?

 

Preciosa enseñanza: el trauma no es psicológico, se fija en el cuerpo. Y el trauma del terapeuta igual,  no se resuelve hablando sino haciendo algo corporal.

 

Preciosa enseñanza número 2: la terapia (verdadera) requiere tiempo, compromiso, vínculo, y en el niño quizá más.

 

 

Por esto la terapia (verdadera) no puede ser para todos, ni de paciente, ni de terapeuta.

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