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Todos los niños

todos los niños

Personitas desde el nacer, curiosamente trasformándose de manera impactante en muy poco tiempo. En nuestra sociedad parecen ser mercancía rara: debatimos mucho si tenerlos o no; reivindicamos el derecho de las mujeres a no tenerlos (.... sic), más que el derecho de las madres a poder cuidar dignamente de ellos; nos encaprichamos si, llegados a cierta edad, no los hemos tenido, entonces nos sentimos “incompletos” y hasta los compramos más o menos como se hace con los cachorritos (exigiendo “devolverlos” si “defectuosos”). Nos quejamos de que nos limitan la libertad de ir al “happy hour”, llegan a la adolescencia y los expertos truenan que les damos demasiada libertad. Siempre es poco, siempre es demasiado.

 

A veces les pasa algo atroz, y ahí la desesperación pública alcanza niveles tocantes, aunque, en mi opinión, hay cosas atroces de serie A y de serie B, evidentemente.

 

Yo sólo quiero hablar de un chiquillo de 14 años que murió en el Mediterráneo cerca de las costas italianas, en uno de esos naufragios que las autoridades consideran “justos” porque “no podemos ayudarlos a todos” y “cada uno tiene que quedarse en su país”.

 

Le encontraron cosido en el interior de la camiseta un documento de evaluación escolar. Quería que vieran que destacaba en el colegio y que en Italia le ayudaran a entrar en una escuela y estudiar para tener un futuro. Podemos imaginar a su mamá que le ayudaba a coser esta hoja de papel, redactada en francés, en la camiseta, podemos imaginarlo a la vez valiente y muerto de miedo embarcándose en ese viaje de la esperanza con muchos otros como él que acabaron igual.

 

Personalmente desde que leí esta historia me quedé en estado de schock y no paro de repetir “es que yo veo a niños de 14 años... vienen con sus granos en la cara, con su mochila, con su patinete, hacen trastadas, a veces son insoportables y a veces extremadamente amorosos, tienen sus sueños, sus proyectos, o a veces no los tienen y han de construirlos. No puedo dejar de pensar que ese niño era uno de esos niños, era uno como todos los demás, uno de los nuestros, aunque viniera de lejos y de guerras y violencias”.

 

Nadie le pudo abrir la puerta y ayudarle a aparcar el patinete y dejar la mochila, nadie le pudo enseñar nada, o recoger sus miedos, o sanar sus heridas.

 

Alguien escribía que igual ese niño quería ser médico, o mecánico, o profesor. No sabemos qué nos hemos perdido.

 

Creo que si con muchos niños somos profundamente injustos, con algunos lo somos cruelmente mucho más.

 


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